GREENPEACE Y CEAR PIDEN SU PROHIBICIÓN
El 'fin' de las
bombas de racimo
Kike Figaredo viaja por España con cuatro
niños afectados por estas armas
El 98% de las víctimas de este tipo de
armamento son civiles
Vídeo: Eva
M. Bartolomé
El Mundo actualizado martes 04/12/2007 12:29 (CET)
YASMINA JIMÉNEZ
MADRID.- A Chang Neing parecía sonreírle
la vida por primera vez cuando cumplió
los 16 años. Huérfano desde los
dos meses de edad, criado por uno de sus tíos
y trabajador desde muy temprano para colaborar
con la economía familiar, este joven camboyano
sintió -junto a su hermano mayor- que por
fin la vida le era favorable en la provincia de
Ondou Mean Chey. Tenían trabajo y habían
decidido construirse su propia casa.
Sin embargo, cuando fueron al bosque a recoger
madera para su nueva vivienda, Chang Neing pisó
una mina. Su vida cambió por completo tras
tres meses de convalecencia para recuperarse de
la amputación de las dos piernas y parte
de su brazo izquierdo. "En aquel momento,
sólo pensaba qué iba a ser de mi
vida ahora", ha recordado el propio Neing
en una rueda de prensa organizada por Greenpeace
y la Comisión Española de Ayuda
al Refugiado (CEAR) para solicitar la prohibición
de las bombas de racimo.
En Camboya, se calcula que el conflicto de Vietnam
dejó en total más de 60.000 bombas
de racimo, minas antipersonales y otros restos
explosivos. EEUU utilizó bombas de racimo
en este país entre 1969 y 1973, para interrumpir
los suministros hacia el Vietcong en Vietnam y
para impedir a las fuerzas vietnamitas regulares
operar desde el este de Camboya. El número
de bombardeos realizado se estima en más
de 17.000, y en más de 19 millones el número
de submuniciones lanzadas.
Los números demuestran que la historia
de Chang Neing no es un caso aislado. Kike Figaredo,
obispo español en el país asiático,
lleva trabajando en Camboya más de 20 años
ayudando a las víctimas de artefactos explosivos.
En este viaje por España, le acompañan
además de Neing otros tres niños
afectados por este tipo de armamento: Khun Sokkhoeun,
de 14 años; Smak Mao, de 17; y el más
joven, de 11, Mao Rattanak.
Los menores demuestran con su presencia las afirmaciones
del padre Figaredo sobre el fin de estas armas.
Su objetivo es matar, amputar, herir o "humillar
sin discriminación alguna".
Chang, el mayor de todos, ha sido el encargado
de personalizar las tristes cifras, que aseguran
que el 98% de las víctimas de las bombas
de racimo son civiles. Después de los accidentes
las heridas físicas cicatrizan antes que
las psicológicas. "Durante los tres
meses que pasé en casa de unos vecinos
recuperándome yo no quería vivir,
no tenía ningún interés por
la vida", ha declarado el joven visiblemente
emocionado.
Un tratado internacional
Más de 30 países, entre ellos España,
fabrican actualmente este tipo de armamento que
se distribuye en más de 70 estados y que
se ha utilizado en una veintena de países.
La comunidad internacional tendrá su oportunidad
para actuar entre el 5 y el 7 de diciembre, fechas
en las que se celebrará en Viena una nueva
reunión del proceso de Oslo, a la que acudirán
unos 80 países (España entre ellos),
para intentar suscribir un tratado internacional
que prohíba las bombas racimo.
Figaredo ha pedido al Gobierno español
un papel activo en este tratado internacional,
como el que adoptó años atrás
para firmar el acuerdo que permitió la
prohibición de las minas antipersonales.
Juan López de Uralde, el director de Greenpeace,
y Amaya Valcárcel, secretaria general de
CEAR, se han unido a la petición del padre
Figaredo solicitando al Gobierno que prohíba
la producción y la venta de estas armas
en España y que apoye "sin fisuras"
el proceso de Oslo.
La labor del obispo en el centro Arrupe ha conseguido
al final que la vida sonriera a Chang Neing, quien
ha recuperado la esperanza y las fuerzas para
volver a estudiar. "En el centro tenemos
acogidos ahora mismo a ocho niños, pero
atendemos a unos 50 ó 60 en total",
explica el religioso. Desafortunadamente, "la
entrada de nuevos discapacitados es constante,
un goteo que no cesa". El joven camboyano,
arropado durante toda la rueda de prensa por Figaredo,
ha concluido llorando con una petición:
"Quiero que se prohíban estas armas
tan crueles".
Para aquellos que no piensan en el resultado final
de estas bombas, el religioso tenía unas
últimas palabras: "El que no se lo
crea, que venga y lo vea". Como si él
ya supiera que la presencia de cuatro niños
mutilados no es suficiente para convencer a todos.
Para ver el video, pulsar enlace:
http://www.elmundo.es/elmundo/2007/12/03/solidaridad/1196693137.html