Las bombas de racimo son
un armamento especialmente letal para las poblaciones
civiles en zonas de conflicto. Al contener en
su interior decenas o cientos de submuniciones
que se dispersan cuando la bomba se abre en el
aire, afectan a grandes extensiones de territorio
sin distinguir entre blancos civiles y militares.
Por eso en ocasiones se las llama “la lluvia
de acero”. Distintos estudios han mostrado
que un 98% de sus víctimas son civiles.
Pero no sólo afectan
a la población durante los bombardeos,
sino mucho tiempo después de que el conflicto
haya terminado. Entre un 5% y un 30% de esas submuniciones
no estallan, y quedan esparcidas en las carreteras,
los campos de cultivo, las aldeas y núcleos
urbanos, actuando como minas antipersonales durante
largos años y dificultando el desarrollo
y la recuperación socioeconómica.
Camboya es un claro ejemplo
de esto. Los bombardeos de EE UU con bombas de
racimo se realizaron entre 1969 y 1973, y aún
hoy sigue habiendo muertos y mutilados como consecuencia
de los restos explosivos que no detonaron.
De esta realidad ha sido
testigo Kike Figaredo. Acompañado de cuatro
niños camboyanos víctimas de las
bombas de racimo y de las minas, está en
Madrid para ofrecer el testimonio de este horror
cotidiano. Ver con sus propios ojos, día
a día, el impacto devastador de las bombas
de racimo y de las minas antipers sobre la vida
diaria de las personas, le llevó a poner
en marcha varios proyectos de rehabilitación
y reintegración social para personas que
resultan víctimas y mutiladas como consecuencia
de estas armas. Su trabajo le ha valido múltiples
galardones por su defensa de los derechos humanos
y su trabajo por la dignidad y la recuperación
de estas poblaciones afectadas por las bombas.
“Lo que quiero contar
es que, más allá de las cifras,
lo que resulta afectado es la vida diaria de numerosas
personas. Y que los Gobiernos occidentales, entre
ellos el español, no pueden cerrar los
ojos a esta realidad y seguir vendiendo armas
como si el resultado final no fuera con ellos.
No se puede seguir haciendo negocio con la vida
de los inocentes”, ha declarado Kike figaredo.
Entre el 5 y el 7 de diciembre
tendrá lugar en Viena una nueva reunión
del llamado proceso de Oslo, que trata de lograr
un Tratado Internacional de prohibición
de las bombas de racimo. Más de 80 países,
entre ellos España, participarán
en este encuentro. Desde Greenpeace y CEAR se
exige al Gobierno español un compromiso
serio con un tratado que no tenga excepciones:
“A pesar de quienes afirman lo contrario,
no hay bombas de racimo seguras o inocuas. En
todos los casos, es la población civil
quien sufre sus efectos. Muchos de ellos terminan
siendo refugiados o desplazados, y los restos
de estas armas son uno de los principales motivos
de que no puedan regresar a sus casas”,
asegura Amaya Valcárcel, Secretaria General
de CEAR.
España es uno de
los países en los que se fabrican bombas
de racimo. Está confirmado que al menos
dos empresas (Expal e Instalaza) así lo
hacen, aunque la falta de transparencia hace imposible
saber dónde las venden. El ejército
español también se cuenta entre
aquellos que tienen un arsenal de este tipo de
armamento.