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Kike Figaredo, nuestro hombre en Camboya

...............................................Luis Davilla
Sinos que se cruzan con una mina mientras trabajan los campos o chavales que salen a jugar y regresan, en el mejor de los casos, en una silla de ruedas. Así es el día a día en Camboya.

Premio Vocento a los Valores Humanos
Texto Elena del Amo

Este jesuita lleva dos décadas ayudando a los mutilados por las minas antipersona en el martirizado país de los jemeres rojos. Es gijonés y obispo, pero, como él dice, «no sólo de los cristianos: lo soy de la gente».

Cuando Angelina Jolie asomó hace unos años por el centro de niños discapacitados que Enrique Figaredo dirige en Battambang (Camboya), este jesuita gijonés tenía poca idea de de quién se trataba.

«Dios da pan a quien no tiene hambre», se lamentaba con sorna su sobrino Ramón, un informático que había llegado apenas un día después que la estrella para instalar unos equipos en el centro. Pero para Kike, como conocen todos por aquí a este cuarentón campechano y tierno que lleva dos décadas trabajando con los mutilados por las minas y la polio, lo importante es contribuir a «situar Camboya en el mapa». Y para ello tanto le vale el paso de `la´ Jolie, de la reina Noor –heredera de Diana de Gales en su misión de erradicar las minas antipersona– o, como hace apenas un mes, de la Reina Sofía.

Después de tres décadas de guerra, la violencia cesó en Camboya a finales de los 90, pero todavía las minas que lanzaron sobre su geografía americanos, vietnamitas y los propios jemeres rojos camboyanos siguen mutilando a una persona cada día: campesinos que se cruzan con una a la vuelta de un sembrado o chavales que salen a jugar y que, cuando meses después regresan a casa, lo hacen en silla de ruedas o, con algo más de suerte, por su propio pie, aunque con una pierna de madera.

Camboya, que encabeza el ranking de prostitución infantil y sida en el sudeste asiático, se disputa con Afganistán y Angola el también descorazonador primer puesto de ser una de las esquinas más minadas del planeta: en este país de 14 millones de almas, uno de cada 236 habitantes está discapacitado, y, a pesar de las campañas de limpieza, se estima que aún queda una mina por cada dos habitantes. Cerca de la mitad de sus aldeas tiene a su vez, o ha tenido, áreas afectadas por las minas, un tipo de arma concebida no tanto para matar como para `sólo´ mutilar, algo más gravoso, si cabe, para una familia empobrecida, ya que supone mantener una boca más y asumir de por vida los gastos de alguien que difícilmente podrá trabajar o valerse por sí mismo. Son, de hecho, los costes de hospitalización, imposibles de afrontar, los que acaban llevando a la ruina a infinidad de familias.

El desarrollo y la mera supervivencia de los camboyanos se ven estrangulados por la presencia de las minas, que impiden cultivar en algunas de las zonas más fértiles y densamente pobladas o que convierten la tarea de ganarse el pan en una especie de ruleta rusa. No es difícil ver aquí a los campesinos trajinando con la ayuda de sus búfalos de agua en arrozales cercados por carteles en los que se puede leer: «Peligro, minas». Necesidad obliga.

Desde hace ocho años, Kike Figaredo es obispo de Battambang, una de las dos provincias más afectadas de Camboya, a la que ha hermanado con la diócesis de Hiroshima uniendo, como él dice, «la ciudad de las bombas con la de las minas». Mientras charlamos en los jardines del Centro Arrupe, rodeados por el griterío de criaturas con prótesis o en silla de ruedas y por un verde más tropical y frondoso que el de su Asturias natal, Figaredo cuenta que «el precio de una mina no llega a los dos euros, mientras que desactivar sólo una cuesta más de 700». Y agrega: «Desde que en 1997 se firmara el Tratado de Ottawa, ya son 156 los Estados que se han comprometido a no fabricar, comercializar o utilizar minas antipersona. Sin embargo, en otros países, como Estados Unidos, Rusia, China, Pakistán o Israel, los lotes de minas incluso se regalan al adquirir otro tipo de armamento».

Como ha podido comprobar en tantas ocasiones este licenciado en Ciencias Económicas, Teología y Filosofía, la vida de una mina es casi indefinida: «Aun en zonas teóricamente desminadas, no es raro que todavía haya accidentes: durante la época de lluvias, las riadas hacen aflorar en la superficie minas que podían llevar décadas allí enterradas, a más profundidad de la normal. Y esas minas siguen siendo tan devastadoras como el primer día». Rattanak, el benjamín del centro, con sus 11 años ha tenido la desgracia de comprobarlo. El año pasado, mientras jugaba en el río, recogió una bomba arrastrada por el agua. Le arrancó un brazo y un ojo y lo dejó casi ciego del otro.


Elena del Amo

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