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BIBLIOGRAFIA
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El
principe y sus guerrilleros
José María Pérez Gay
Camboya, un agujero de miseria y desdicha
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Por: María Lourdes Pallais
Con
una prosa que combina la narrativa erudita
del historiador y la testimonial del escritor,
el más reciente libro de José
María Pérez Gay, La destrucción
de Camboya. El príncipe y sus guerrilleros
(Cal y Arena, México, 2004) describe
las sanguinarias actividades del Jemer Rojo
en Camboya, y repasa el origen, mitos y leyendas
de ese país del sureste asiático
que Occidente aún no logra descifrar.
La obra arranca el 14 de marzo de 1977, poco
después de la victoria militar de los
Jemer Rojos, cuando dos camarógrafos
yugoslavos, enviados del primer medio de comunicación
occidental llegan a un Phom Penh sin nombres
en las calles, con la Biblioteca Nacional
destruida y montañas de escombros por
doquier.
“(...) los yugoslavos están seguros
de haber llegado a un planeta de otra galaxia:
el idioma jemer les resulta una cascada de
ruidos incomprensibles; la gente, una extraña
mezcla de seres huraños y apacibles;
los milicianos actúan con la arrogancia
militar de los vencedores de Waterloo y los
comandantes son un grupo secreto que nadie
ve ni trata, pero cuyos mandatos se obedecen
con una mezcla de reverencia y terror“.
Así narra el autor el escenario de
la Camboya —para entonces Kampuchea,
que en sánscrito significa el pueblo
amado pero infeliz— de aquellos años,
cuyos líderes, atormentados por un
“delirio paranoico” tras los bombardeos
de Estados Unidos, intentaban, con su revolución,
restaurar los preceptos de la antigua civilización
de Angkor para iniciar “la era moderna”.
Tras contar lo vivido por los reporteros una
noche que rompen las reglas del régimen
y salen a filmar para descubrir que “están
en el corazón de una tierra devastada”,
Pérez Gay lleva al lector de la mano
del relato anecdótico a la historia,
sin por ello romper el estilo fluido de su
obra.
De ningún pueblo asiático se
sabe tan poco como de Camboya, pero el libro
de Pérez Gay ofrece al lector un variado,
documentado y dramático abanico de
datos que permiten asomarse a ese misterioso
pueblo, ahora legendario por haber cometido
un genocidio que causó la muerte de
casi 2 millones de personas.
La narración de Pérez Gay no
es cronológica; es la de un sagaz estudioso
que juega con los tiempos para atrapar al
lector en el corazón de los hechos
que desataron una implacable maquinaria de
genocidio, producto del asalto a los derechos
humanos de Mao en China durante la Revolución
Cultural.
ORIGEN. Cuenta que, en el siglo XIX, la civilización
de Angkor, que siempre buscó su origen
en la mitología, coleccionaba vesículos
humanos que ofrecía al emperador como
tributo supremo, costumbre que imitaron los
soldados del Príncipe Sihanuk y los
guerrilleros del Jemer Rojo un siglo después.
Más tarde, “la guerra de Vietnam,
su lucha contra la agresión de Estados
Unidos, una de las banderas de mi generación,
culmina en la barbarie de Camboya”,
continúa Pérez Gay, en una suerte
de proclama personal contra la intervención
del poderoso del Norte en el país vecino
de Camboya y sus consecuencias para esa nación.
En efecto, Estados Unidos no estuvo exento
de culpa en el genocidio del Jemer Rojo.
El presidente Nixon y su secretario Kissinger
arrojaron más bombas sobre la población
rural de Camboya que el total lanzado sobre
Japón durante la II Guerra Mundial,
causando la muerte de tres cuartos de millón
de campesinos camboyanos y ayudando a legitimar
el movimiento del Jemer Rojo de Pol Pot, cuya
revancha y búsqueda de pureza ideológica
significó la muerte de millón
y medio de camboyanos, tanto rurales como
urbanos.
LÍDER. El cabecilla revolucionario
camboyano era entonces el ex monje budista
Pol Pot, quien durante la Segunda Guerra Mundial
(1939-45) se unió a las fuerzas de
Ho Chi Minh que luchaban contra la dominación
colonial francesa en Indochina y contra la
ocupación japonesa.
Pol Pot fundó los Jemeres Rojos e,
inspirado por Mao, derrocó a los militares
de Lon Nol (quien a su vez destronó
al Príncipe Sihanuk) y tomó
el poder en 1976.
Pero en 1979 fue derrocado por la intervención
militar del vecino Vietnam y se vio obligado
a refugiarse en la jungla, encabezando nuevamente
la guerrilla Jemer e imponiéndose de
manera sangrienta a cuantos le disputaban
el mando.
En 1985 se anunció oficialmente su
sustitución y en 1997 fue juzgado por
un tribunal de la guerrilla, en el marco de
las luchas internas entre las distintas facciones
de los jemeres.
Durante los tres años de régimen
jemer, Pol Pot ejerció una dictadura
maoísta a ultranza, dispuesta a exterminar
todo rastro de burguesía, clases medias,
intelectuales, disidentes, vida urbana e influencia
occidental. Impuso trabajos forzados, campos
de concentración, torturas y asesinatos
en masa, que provocaron más de un millón
de muertos (casi dos millones si se cuentan
los efectos del hambre que también
causó su régimen).
“Nada más opuesto a (la) tradición
(budista) que el proyecto político
del Jemer Rojo”, añade el autor
en reflexión sobre la contradicción
entre el genocidio de Pol Pot y las creencias
budistas.
En flash-back, Pérez Gay continúa
con el reinado de Norodom Sihanuk (1945-1970)
—sus alianzas con la CIA y el posterior
deterioro de sus relaciones con Estados Unidos;
sus torpezas políticas que permitieron
el surgimiento de Lon Nol; su “confusión“
entre la guerra de Vietnam y Camboya—
quien fue depuesto por un golpe de estado
de la alianza entre los Jemers Rojos de Pol
Pot y el Partido Comunista Chino.
El epílogo, La Conjura del Silencio,
narra que, a dos días de la explosión
atómica en Hiroshima y un día
después de la de Nagasaki, en 1945,
Estados Unidos, la URSS y Gran Bretaña
firmaron el Acuerdo de Londres, que convirtió
los crímenes de guerra y contra la
humanidad en actos punibles ante un tribunal
internacional.
Pero recuerda el autor que desde principios
de los 80s “existe la necesidad de calificar
los crímenes de los jemeres rojos”,
asunto aún pendiente.
Al margen, o a pesar de, las contradicciones
que surgieron sobre el término genocidio,
en 1994, el Congreso de Estados Unidos aprobó
la Cambodian Genocide Justice Act, destinada
a conducir ante los tribunales a los responsables
de exterminio masivo.
“La muerte de Pol Pot poco después,
cuando tramitaba su extradición a Estados
Unidos, suspende el interés por el
juicio a los demás criminales”,
relata Pérez Gay.
La conclusión del autor es tajante.
A principios de este siglo, “Camboya
se debate entre las bandas de jóvenes
que saquean las ruinas de Angkor y se dedican
al contrabando de joyas (....), la prostitución
infantil (...), la epidemia incontrolable
de sida y las minas que ocupan sus campos
por cientos de miles”.
“A principios del siglo XXI, cada una
de sus aldeas es un agujero de desdicha y
miseria; su futuro, como siempre, una interrogación
sombría”.
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